Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Entrevistas en la Historia

Ignacio Gracia Noriega

Ramón Fernández Guerrero

«Es indispensable para la prosperidad de Asturias una buena comunicación»

Muy sugestiva y atrayente resulta la figura de don Ramón Fernández Reguero, a quien José Estarán Molinero califica como «hombre emprendedor y dinámico» en el artículo «Los orígenes de la sociedad industrial en la zona occidental». Hombre liberal y progresista (pero progresista de verdad en el sentido de ser heredero directo de los ilustrados del siglo XVIII y partícipe de las ideas expresadas en la Constitución de 1812, no como los «progresistas» de ahora, que suponen que construyendo campos de golf se abre el camino a la especulación inmobiliaria salvaje), batalló por el desarrollo de la cultura, la agricultura, la industria y la minería a orillas del Eo. La radicalización que Fernández Reguero defendió con mayor empeño ha sido el Seminario de Educación de la Vega de Ribadeo, que Gabriel Santullano declara como «su obra más querida» y que él mantiene como si fuera obra suya, pese a que a estas alturas de 1840 el Seminario vive, o quizá malvive, la decadencia de su tercera etapa, y don Ramón se encuentra muy disminuido físicamente: ya no es joven, y además le aqueja una tenaz dolencia desde hace bastantes –él dice demasiados– años. Reside en la actualidad en Tapia, aunque siempre que su salud se lo permite vuelve a la vega de Ribadeo para vigilar la marcha del Seminario. Nos recibe en su despacho del Seminario, desde una de cuyas ventanas se ven las aguas del río, ennegrecidas por el reflejo de las nubes bajas, fluir lentamente hacia el mar.

—Le veo muy bien, don Ramón, aquí, en su Seminario –le digo para darle ánimos–. El aspecto no puede ser peor. Pero el espíritu continúa fuerte, aunque la carne esté débil.

—No diga eso, Noriega. No estoy bien. Ya no soy joven, y, por si fuera poco el mal trago de la vejez, arrastro desde hace años una dolencia que me disminuye más de lo que yo quisiera. Ya nos disminuyen suficientemente los muchos años. Por otra parte, no diga que el Seminario es obra mía, porque no es cierto. El Seminario de Educación de la Vega de Ribadeo fue fundado por un eclesiástico ilustre y benemérito, don Jacinto Pablo Valledor, que vivió a caballo de los siglos XVII y XVIII, nacido en 1668 y fallecido en 1730, y que llegó a ser obispo de El Burgo de Osma. En el ocaso de su vida, el obispo Valledor encarga «fundar, erigir y establecer las memorias de escuela así de leer, contar y doctrina cristiana, como la de gramática latina» y deja esta obra en herencia a la Vega de Ribadeo, de la que era oriundo. El Seminario comienza sus tareas en 1742, doce años después de la muerte del obispo, y permanece en actividad hasta 1765, en que se cierra por motivos que no son del caso. Y la pérdida fue muy notable para toda la comarca del Eo, ya que en toda ella no existían más escuelas que los centros privados en Ribadeo y Vilavedelle.

—¿Usted también se formó en ese Seminario?

—No, yo nací un poco apartado del Eo, en San Andrés de Serantes, que pertenece a Tapia, y cursé mis estudios en la Universidad de Oviedo. Pero de regreso a mi tierra natal, me interesé por los cultivos de la comarca, y así escribí, en 1799, un «Tratado del cultivo práctico del maíz y de la patata», que no llegó a la imprenta. Posteriormente marché a Valencia para estudiar en la Real Academia de San Carlos las matemáticas puras, y en 1802 obtuve los títulos de agrimensor y topógrafo, pasando poco después a trabajar para el Ejército en mi condición de topógrafo.

—O sea, se hizo soldado.

—No, soldado no, sino que servía al Ejército como civil.

—¿Y qué ocurrió al producirse la invasión napoleónica?

—Que me puse de inmediato del lado de los patriotas, regresando a Asturias, donde fui nombrado de inmediato vocal de la Junta de Armamento y Defensa del partido de Vega de Ribadeo, siendo comisionado para todas las operaciones de defensa, organización de alarmas y levantamiento de planos militares, y en el ejercicio de estas comisiones se me encargó buscar el emplazamiento de una fábrica de armas, que encontré en la propia Vega de Ribadeo. Otros encargos realicé por cuenta de la Junta Superior, del director de Artillería y del capitán general, lo que no fue inconveniente para que me encontrara presente en todas las alarmas, excepto en la de Pravia, por hallarme desempeñando en aquel momento otras funciones al lado del Gobierno supremo.

—Y una vez retirados los napoleónicos de Asturias, ¿qué hace usted?

—Determino quedarme en mi tierra, primero elaborando diversos informes políticos y económicos, que me fueron solicitados por el Gobierno, y más tarde fui llamado para desempeñar la administración de la Casa de Tapia, que pertenecía a la familia Valledor, y de las minas de Salave, en Castropol, sin retirarme del todo de la actividad pública, porque en 1813 hube de acompañar al jefe político Manuel María de Acevedo, en la visita que hizo a esta comarca, para evaluar los daños producidos por la guerra.

—Y su vinculación al Seminario de Educación de la Vega de Ribadeo ¿cuándo se inicia?

—En 1811. El Seminario seguía perteneciendo a la familia Valledor, y como yo era empleado suyo, en cuanto que administrador de la Casa de Tapia, me encargaron que lo volviera a poner en marcha y, una vez en funcionamiento, me ocupara de su dirección. Para esto, claro, es necesario imponer algunas condiciones, y una de las principales fue la de cambiar el plan de estudios. Los propietarios aceptaron mi propuesta y yo elaboré un plan de estudios con cuatro enseñanzas fundamentales: primeras letras, gramática latina y castellana, y matemáticas, de cuya enseñanza me encargué yo personalmente. El estudio de las matemáticas, en este Seminario, incluye todavía hoy el estudio de aritmética y álgebra, geometría y trigonometría, secciones cónicas y cálculo diferencial e integral, más principios de cosmografía y geografía.

—Un programa revolucionario.

—No digo que no. La dirección del Seminario estaba asesorada por una junta de gobierno, y su mantenimiento económico era por suscripción popular, más ayudas municipales. El número de alumnos fue aumentando de año en año, llegando al máximo de sesenta y ocho en 1817, año en que por real decreto se crea una cátedra de Agricultura, para la que yo mismo redacté unas «Lecciones de agricultura para el Seminario de la Vega de Ribadeo», que tiene en cuenta las agriculturas clásicas de don Vicente de Seijo y de don Antonio de Sandalio Arias Costa, pero adaptándolas al suelo, al clima, a las producciones y a las costumbres de esa comarca. En ese año de 1817 fui elegido miembro de la Junta Provincial de Estadística y reelegido para seguir ocupando esa vocalía en 1819. También fui recibido como miembro de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Oviedo, por encargo de la cual elaboré un «Reglamento para el aprovechamiento de baldíos, a petición de la Sociedad Económica Matritense. El 16 de abril de 1817, en atención a mis méritos y servicios, fui nombrado catedrático de Agricultura, encomendándoseme la organización del Seminario de Agricultura y Enseñanza Primaria de la Vega de Ribadeo a partir de la instauración de esta nueva cátedra.

—Luego, entonces, usted se convierte en un personaje importante y prestigioso.

—Sí, pero gracias al trabajo constante, no sólo como profesor y director del Seminario, sino también como inventor, si vale que lo diga. Procuré mejorar los aperos de labranza, simplifiqué el empuje alternativo del émbolo del vapor en rotación, inventé una sembradora mecánica y apliqué el vapor a máquinas aratorias, lo que les permite arar sin necesidades de la tracción animal. También estudié e investigué las antiguas minas de estaño en Salave y los caminos y carreteras para su mejora, entendiendo que la buena comunicación es indispensable para la prosperidad económica de Asturias, tal como lo entendía el sin igual Jovellanos, y publiqué un informe sobre la Enseñanza Primaria.

—¿Cuál es el motivo de la actual decadencia del Seminario?

—La reacción absolutista de 1823. El restablecimiento de Narizotas como rey absoluto dio como resultado el cierra del Seminario, la cátedra de Agricultura fue trasladada a la Universidad de Oviedo, y yo no sólo fui destituido de esa cátedra, sino que estuve sujeto a prisión y procesamiento; y pese a que no estuve demasiado tiempo encerrado, hasta 1834 no pude volver a levantar cabeza. Entonces fundé la Real Sociedad Económica Subalterna de Amigos del País del Partido de la Vega de Ribadeo, y pude volver a poner el Seminario en funcionamiento, no sin mucho esfuerzo. Y ahora compruebo que el Seminario no es ni de lejos lo que fue, que yo no conservo energías para hacer que funcione de otro modo, y temo que cuando yo falte, se lo lleve todo la trampa. También en 1834 oposité a la cátedra de Agricultura, de la que había sido despedido, recuperándola.

—¿Por qué no marchó entonces a la Universidad de Oviedo, adonde había sido trasladada la cátedra?

—Porque mi lugar está aquí, en el Seminario. Si la mala salud lo permite, miro por él.

—También escribe, ¿no es cierto?

—Sí, escribí un libro de título larguísimo, «Colección de ideas o apuntes relativos a prácticas electorales, influjo político de las discusiones locales, sistema legal de reemplazo del Ejército de mar y tierra, enseñanza agraria aplicada, protección del trabajo de los agentes agrónomos y su estabilidad local, memorias y castillas agrarias, descripción de aperos, máquinas, instrumentos aplicados a la agricultura, minería, acarreo, geodesia o topografía», publicado en Lugo en 1837.

—Más que libro parece una enciclopedia.

Don Ramón Fernández Reguero sonríe y con la sonrisa da por terminada la entrevista.

La Nueva España · 21 de marzo de 2005