Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Hemeroteca

Ignacio Gracia Noriega

El rey de las montañas

Pelayo no solo es un personaje histórico desdibujado por la falta de datos, sino que, si lo tomamos como héroe, es un héroe solitario

¿Quién es Don Pelayo? Todo el mundo sabe quién es Don Pelayo, al menos entre personas con la cultura elemental que hace no demasiados años se consideraba imprescindible en España; y, no obstante, se sabe poquísimo sobre Don Pelayo: apenas que participó en una batalla. Los datos documentales sobre su figura, sobre quién era, de dónde procedía, &c., son escasísimos, y habiendo sido hasta ahora pasto de historiadores que consideran la hipótesis como un riesgo y la imaginación como algo deleznable para un historiador con pretensiones científicas (lo que ya es tener pretensiones), su personalidad histórica es irrelevante y queda diluida en la fuerte significación histórica y nacional de Covadonga.

En este aspecto, Pelayo es poco menos que el personaje opuesto al rey Arturo, debido a que de Arturo se ocuparon poetas (de ahí su repercusión universal) y de Don Pelayo historiadores funcionarios. Y aunque ambos hayan hecho cosas distintas, su finalidad parece ser muy parecida: la de Don Pelayo, restaurar el reino visigótico de Toledo y, a través de él, recuperar la unidad perdida con la invasión islámica; y la de Arturo, unificar bajo un solo rey las diversas tribus semibárbaras que vivían en la isla que hoy llamamos Inglaterra. Para alcanzar la unidad, Don Pelayo ha de luchar contra un enemigo exterior, los moros, llamados «caldeos» en las crónicas. Arturo, por su parte, combate a enemigos internos. Los hombres del norte, que siglos adelante habrían de figurar en los libros de rezos con la plegaria escrita en tinta roja: «De furore normanorum, libera nos, Domine», en sus tiempos no representaban un peligro para Inglaterra, como también lo representaron para Asturias. Según Geoffrey de Monmouth, Arturo contó, en la batalla que libró a orillas del río Camblan, con la alianza de Obric, rey de Noruega, y de Anquilo, rey de Dinamarca. Será un gran rey futuro, Alfredo el Grande, que derrote a los daneses; al tiempo fue rey legislador y fundó la Universidad de Oxford. En Asturias es Ramiro quien derrota a los vikingos que se acercan a las costas asturianas, y constructor, al tiempo, de las preciosas joyas arquitectónicas a las que le da el nombre. Los hombres del norte, una vez convertidos al cristianismo, dejan de representar una amenaza para los pueblos del Occidente europeo; todo lo contrario que los islámicos procedentes de desiertos y montañas, que hoy son más amenazadores que nunca.

Pelayo no solo es un personaje histórico desdibujado por la falta de datos, sino que, si lo tomamos como héroe, es un héroe solitario. Los compañeros del héroe constituyen un tema épico fundamental, muy anterior a la relación de héroes de La Iliada. En el primer poema épico que nos ha llegado, Guilgamesh, el héroe tiene un compañero, Enkidu. Y Ulises navega con sus compañeros, y Jasón, cuando ha de salir en busca del vellocino de oro, llama en su ayuda a los mejores héroes de Grecia, lo mismo que Meleagro cuando sale a la caza del jabalí de Calidonia, acompañado de muchos como Jason, Hércules, Piritoo, Cástor y Pólux, &c., que ya habían participado en la expedición de los Argonautas. El rey Arturo tiene a su lado a los caballeros de la Tabla redonda, a Lancelot, a sir Gawain, &c., y Carlomagno, a los Doce Pares, entre los que destacan Roldán y Oliveros. Incluso cada monarca cuenta con su consejero áulico, Arturo con Merlin y Carlomagno con el obispo Turpin. Por su parte, Robin Hood está rodeado por el gigantesco Little John, por el monje Tuck y por los alegres bandoleros del bosque de Sherwood. El Cid, en fin, también cuenta con ayudantes o compañeros que juegan un importante papel dentro de la épica.

Por el contrario, Pelayo está solo, sin apenas pasado y con un futuro que se reduce a apenas una frase en una crónica. Quienes le acompañan son gentes sin nombre, montañeses que se unen a Don Pelayo para combatir a la morisma y luego se diluyen. Ninguno destaca en la batalla, aunque hemos de admitir que todos se comportaron valerosamente.

De este modo, Don Pelayo queda inmovilizado en la cueva, asomándose a su boca como si se tratara de un balcón para contestar al traidor obispo don Oppas, tal como le describe la Crónica Alfonsina, en la versión Rotense. Pero Pelayo en la cueva se encuentra en un escenario en progresión. Cuanto más nos alejamos, mayores proporciones adquiere. A Don Pelayo en la cueva le enmarca Covadonga entre montañas, y por encima de Covadonga, los Picos de Europa, el reino encantado de los rebecos y de las águilas. Toda una montaña con aldeas colgadas de los abismos, poblada de pastores y cazadores, de leñadores y carboneros, de ganaderos que segaban los prados casi en vertical atados a las rocas que sobresalen de la hierba, a esos «culiebros» que tanto impresionaban a Unamuno, para no despeñarse. Estos montañeses, tal como escribe el conde de Saint-Saud, son «cazadores que buscan sus piezas entre las cimas, duermen en grutas y viven con nada. Tipos extraños, hechos para correr por un país de leyenda y para mantener una tradición de audacias pretéritas».

Don Pelayo es incomprensible sin el solemne y grandioso escenario de los Picos de Europa, en que los cántabros y astures lucharon contra los romanos; y, más tarde, los descendientes de aquellos pastores guerreros defendieron su territorio contra los moros primero y los franceses después. Ningún pueblo de Europa puede sentirse ofendido por haber sido invadido por las águilas de bronce de Roma. Más bien todo lo contrario, debemos estarle agradecidos a Roma, porque le debemos nuestra civilización. En cambio, los moros y Francia siempre fueron nuestros enemigos, y lo continúan siendo.

También es inseparable Pelayo de Covadonga. De manera que en la biografía de Don Pelayo se superponen el personaje, primer rey de una monarquía de reyes caudillos; Covadonga o la Historia, y los Picos de Europa, o el escenario digno de esta épica tan mal aprovechada. No se puede contar la biografía de Don Pelayo sin referir la historia de Covadonga y de todo lo que a ella se vincula: desde un antiquísimo culto a Isis hasta las andanzas del aventurero alemán Roberto Frassinelli.

De este modo, y situado Don Pelayo en su marco, es un personaje que ofrece tres puntos de vista: el histórico, con una documentación muy escasa, como ya hemos señalada; el legendario, con una presencia también escasa en leyendas de arraigo popular; y el novelesco, con episodios extraños, acaso oscuros, como el de los amores de la hermana de Don Pelayo con el moro Munuza, gobernador de Gijón.

Al ser tratado Don Pelayo en exclusiva como un personaje histórico, queda muy reducido por ausencia de datos. Es el guerrero de una sola batalla, y muy poco más. Por lo que, inevitablemente, Don Pelayo es Covadonga y Covadonga hace a Don Pelayo.

Tratándose de un personaje de estas características, es raro que apenas se conserven leyendas relativas a él, o que no tenga mayor presencia en la toponimia. Se dice que en cierta ocasión comió en el puerto de la Mesa, lo que puede dar idea de unas proporciones gigantescas, y que allí juró no dejar a moro vivo en Asturias. El topónimo de Repelayo o Repelao, a la entrada del Real Sitio de Covadonga, parece bastante expresivo. Según escribe José María Fernández Pajares en Del folklore de Pajares, desde Repelao vio Don Pelayo perderse entre los riscos a los últimos moros fugitivos después de lo de Covadonga. «Y en ese lugar pasaron la noche aquellos recios astures, y a tales circunstancias debe su nombre». Añadiendo Pajares que «apenas comenzado el siguiente día, Pelayo, cerciorado de que no quedaban ya moros en Asturias, bajó de Repelayo e inició la vuelta hacia lo que sería su corte –el centro de la nueva Monarquía–. Y antes de volver la espada a la llanura inmensa (sic !! ??), por donde los enemigos de la fe habían desaparecido, Pelayo, imitado por los suyos, hincó la rodilla, elevó al cielo su espada y dio gracias al Altísimo por su ayuda: 'Tibi gratias...!' Y ese sitio se llama hoy Tibigracias».

También en el desfiladero del Cares, cerca de Caín, existe un lugar llamado Corona, porque, según los lugareños, fue donde coronaron rey a Don Pelayo. Y según don Constantino Cabal, en «Del folklore de Asturias», al entrar en los montes de Aliva desde la aldea de Espinama, se encuentran los Campos de la Reina, debido a que «la reina Gaudiosa, mujer de Don Pelayo, estábase en casa de Cosgaya mientras luchaba en Covadonga su marido. Allí supo la derrota de los árabes; allí supo que los restos de su ejército andaban extraviados por los Picos... Y llamó a los montañeses, fuese hasta Aliva, y cuando aparecieron los moros, cayó sobre ellos y los derrotó...»

Tal vez merezca la pena señalar que en la vertiente leonesa del puerto de San Glorio, entre Llánaves y Boca de Huérgano, están las Tierras de la Reina, aunque no tengan que ver con la esposa de Don Pelayo, sino con doña Constanza, reina germánica de rubias trenzas.

Don Pelayo es el rey fundador de una monarquía de frontera. «Estaba el moro tramontano a pocas leguas –escribe Víctor de la Serna–, y el Rey de una España balbuciente y chiquita era tan fiel al impulso con que la patria nacía que, sentado en un trono que unas veces era el caballo, otras veces la silla curul y otras veces la piel de un oso, legislaba, guerreaba y reunía en torno suyo a los obispos restauradores, a los artífices que no habían perdido los libros de la cultura romana y ordenaba que se levantaran, para decoro y gloria de la Monarquía, esas maravillas de personalidad, de gracia y de espiritualidad que son las iglesias asturianas». El primero de estos reyes pudo ser un mito{1}, pero los historiadores le perdieron en secas cronologías, con menos gloria que si se hubiera perdido en las majestuosas montañas que se alzaban a sus espaldas. Si a estas alturas se pretende recuperar a Pelayo ha de ser entendiendo el Mito antes que la Historia. Entendiendo a Don Pelayo como una especie de Arturo, de menor calidad poética, evidentemente, pero al menos como rey fundador que, si no saca la espada de la piedra, arroja la piedra al valle desde las escarpaduras de la montaña para que retroceda el invasor.

Pero antes de establecer al Pelayo mítico, debemos perfilar, con los datos de que disponemos, al Pelayo histórico. ¿Quién era Don Pelayo? ¿Un romano? ¿Un godo? ¿Un guerrero? ¿Un colonizador? ¿Un fugitivo? ¿Un soldado de fortuna? ¿Un colaboracionista, acaso? Algunas fuentes dan a entender que Don Pelayo mantenía buenas relaciones con el moro Munuza, el gobernador de Gijón, que en cierta ocasión le envía con una embajada a Córdoba. No le hubiera enviado de no ser Don Pelayo hombre de confianza. Y su hermana mantenía con Munuza una relación lo suficientemente confianzuda como para convertirse en su amante: cosa que Don Pelayo no aprueba, y de ahí procede su ruptura con los moros, según una versión bastante novelesca{2}.

Después de la derrota de Don Rodrigo, el último rey godo en Guadalete, se inicia una resistencia contra el invasor, encabezada por Tendimaro, quien, años atrás, había rechazado a la flota bizantina. Nada se dice sobre que Don Pelayo estuviera unido a estos resistentes, aunque cabe la posibilidad de que, después de la derrota, si es que intervino en la batalla, haya marchado a refugiarse al otro lado de las altas montañas del norte. También cabe la posibilidad de que Don Pelayo estuviera establecido al otro lado de las montañas, y que, al llegar a Asturias los primeros refugiados después de la derrota, los haya reunido en torno a él.

El nombre de Pelayo, en primer lugar, no parece godo. Si procede del latín «pelagus», significa «mar abierto», «alta mar», nombre bastante inapropiado para un montañés; pero también significa el desbordamiento de un río, y recuérdese que el remate de la batalla de Covadonga, según la Crónica Alfonsina, fue el desbordamiento del río Deva en la localidad lebaniega de Cosgaya, en la que sesenta y tres mil caldeos resultaron aplastados por el alud. Y las crónicas de los árabes le denominaban Belay el Rumí, esto es, el Romano. Menos consistencia presenta la posibilidad de que fuera un indígena cántabro o astur, y jefe natural de aquellas tribus, por lo que, señala Félix Sánchez Casado, «las tradiciones y los historiadores más antiguos no conceden al país semejante gloria». Su vinculación con Asturias es a través del Duque de Cantabria{3}, su padre, según diversos testimonios. Pero la personalidad del padre de Pelayo es asimismo muy imprecisa. Según la Crónica Albeldense, «cuando Vitiza ocupó el reino de su padre, entonces Pelayo, el hijo de Favila, el que después se sublevaría con los asturianos contra los sarracenos, fue desterrado de la ciudad regia (Toledo) a causa de lo ocurrido a su padre».

Y a su padre le ocurrió lo que sigue: que murió del bastonazo que le propinó Vitiza, por una cuestión de faldas. La Crónica Alfonsina, versión «ad Sebastianum», le supone de sangre real, pero es menos explícita: después de la derrota de Guadalete, nos dice, los godos perecieron, unos por la espada y otros por el hambre, y «de los que quedaron de real estirpe, algunos se fueron a Francia, pero la mayor parte vinieron a este territorio de los asturianos y eligieron para sí como príncipe a Pelayo, hijo de cierto Duque de Favila, que era de estirpe real». La versión Rotense se limita a anotar que «un tal Pelayo, espatario de los reyes de Vitiza y Rodrigo, llegó a Asturias a causa de la invasión de los ismaelitas, acompañado de una hermana suya». Y aquí, una pregunta inquietante: ¿cómo, si Pelayo iba huyendo de los moros, va directamente a Gijón, entabla relaciones con Munuza, y deja a su hermana en sus manos, en tanto que él va a desempeñar una embajada a Córdoba, en representación del citado gobernador moro de Gijón?

Acudamos, sin grandes esperanzas, a los historiadores asturianos antiguos. Según Tirso de Avilés, Pelayo era cántabro, «y los que le siguieron también cántabros, porque las Asturias todas seguían al rey Munuza, que era tributario de los árabes, escogiendo antes la vida torpe que la honrosa muerte». Según el P. Luis Alfonso de Carvallo, en «Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias», el infante Pelayo vivía en Asturias con su esposa Gaudiosa, sus hijos Favila y Hermenesendra, y una hermana, cuyo nombre ignoraba el historiador, así como el lugar de Asturias en el que todos ellos residían, aunque los asturianos le respetaban y estimaban «como reliquia de la gloriosa sangre real de los godos», razón por la cual fue el primero que utilizó el título de Don.

Alfonso Marañón de Espinosa, en su «Historia eclesiástica de Asturias», dice que Pelayo era capitán del rey don Rodrigo, además de ser su primo, y que llamaban a aquel oficio protoespatario. Y Gregorio Menéndez Valdés aseguran que vino a Asturias al frente de unos godos fugitivos, y que «los cántabros y astures le amaban y respetaban como a su duque soberano».

Nicolás Cástor de Caunedo le considera «príncipe de estirpe goda o más probablemente asturiana». No obstante, los historiadores modernos parecen conformes en considerarle godo, de estirpe más o menos real, nieto o biznieto de Chindasvinto. Así lo afirma tajantemente Barrau-Dihigo: «Pelayo era un godo; se trata de un hecho que no admite discusión. Pertenecía, si no a una familia real, sí al menos a una familia noble y, según la versión más fiable, había tenido por padre al duque Favila, a quien los historiadores han consagrado, sin razón alguna, como duque de Cantabria. Se cree que Favila había sido dignatario de la corte de Égica, y que éste le había desterrado a Tuy, en Galicia, donde en el curso de una pelea fue mortalmente herido por Witiza, hijo del ya mencionado Egica. Por su parte, Pelayo fue expulsado de Toledo durante el reinado de Witiza, aunque se desconoce la causa, al igual que se desconoce el lugar donde vivió desde entonces. Más tarde, cuando los árabes invadieron España, pasó a Asturias».

Según Claudio Sánchez Albornoz, Pelayo se retiró a Asturias después de la entrada de los musulmanes junto con otros godos, y vivió durante algún tiempo como un particular: «quizás desde su entrada en aquella comarca habitó en el valle de Cangas, en las estribaciones occidentales de los Picos de Europa». No era un godo distinguido, señala Sánchez Albornoz, quien, aunque le admite hijo de un duque, «ignoramos de dónde era duque Favila». A Pelayo le califica de «oscuro espatario», añadiendo que «su cargo en la corte había sido demasiado secundario para que hubiese merecido el favor de aquella nobleza. Fueron una serie de circunstancias fortuitas las que condujeron a derrotar a los moros en Covadonga. «La fortuna iba a hacer rápidamente del oscuro espatario de Rodrigo, sin que el propio interesado tuviera nunca idea exacta, ni siquiera sospecha de la trascendencia enorme de sus actos, el caudillo de un pueblo, el fundador de una monarquía, el restaurador de la cristiandad, el paladín de la civilización europea frente a la religión y a la cultura islamitas y africanas», escribe Sánchez Albornoz.

Pasemos de largo la batalla de Covadonga, no por restarle importancia, que la tiene, y enorme, sino por ser bien conocidas las circunstancias en que se desarrolló. La fama de esta batalla pronto se extendió por la cristiandad, y según refiere Paulo Emilio en «De rebus gestis francorum», Carlos Martel, en Poitiers, animaba a los suyos, señalando con su espada hacia el monte Auseva, perdido en la distancia. Después de vencida la batalla, Pelayo fue coronado rey, o, lo que resultaría más natural, le fue conferida la dignidad real elevándole sobre su escudo, a la manera visigótica. De este modo, en las montañas de Asturias, Don Pelayo enlazaba con la monarquía visigótica de Toledo derrotada en Guadalete, aunque nada indica que tratara de hacer una restauración efectiva. Más bien se comportaría como un rey a la defensiva, y, de hecho, no se señalan hechos de relieve durante los diecinueve años que duró su reinado, con la corte establecida en Cangas de Onís. Todavía han de transcurrir muchos años antes que Alfonso II el Casto restituya en Oviedo el orden gótico de Toledo, según la Crónica Albeldense: «Omnenque gotorum ordinem sicuti Toletu fuerat, tam in ecclesia quam palatio in Oveto cuncta statuit» («E instituyó en Oviedo, en todo, tanto en la Iglesia como en el Palacio, el orden que los godos habían tenido en Toledo»).

Pelayo, sin duda alguna, consolida su corte en Cangas de Onís, y por iniciativa suya, según el Rotense, casa a su hija Ermesinda con Alfonso, hijo de Pedro, duque de Cantabria, de linaje real. A esto puede deberse la confusión de considerar a Pelayo como hijo de un Pedro, duque de los cántabros. Y continúa la Crónica Rotense refiriéndose a Alfonso I, que había de suceder a su cuñado Favila, muerto por un oso «a causa de su imprudencia», que «más tarde, en compañía de su suegro (es decir, de Pelayo), alcanza muchas victorias. Después, finalmente se da paz a estas tierras, y cuanto más crecía la dignidad del nombre de Cristo, tanto más descendía la libidinosa calamidad de los caldeos». Y apunta el cronista, finalmente, que Pelayo reinó diecinueve años y terminó su vida de muerte natural en Cangas de Onís el año 775 de la Era hispánica, que corresponde al año 737 de la cristiana.

Es evidente que Pelayo, aunque ganó el reino en Covadonga, no fue un rey conquistador. Otras necesidades, antes que la reconquista, se le presentaban con mayor urgencia. En primer lugar, la consolidación de la corona. En segundo, los moros, aunque vencidos en Asturias, seguían representando un grave problema, al menos hasta el año 732, que Carlos Martell los detiene en Poitiers. Según un historiador del siglo XIX, «Pelayo, harto prudente para aventurar con prematuras expediciones el porvenir de su reino y para fiarlo todo al dudoso trance de una batalla, se abstuvo de extender sus dominios más allá del lindero de sus protectores riscos y de exponerse en las abiertas llanuras al ímpetu y muchedumbres de los escuadrones agarenos. Reunir las gentes que de todas partes acudían a juntársele, fundar pueblos, restaurar iglesias, organizar, en fin, religiosa, militar y civilmente el pequeño cuerpo nacional que había creado un día de victoria a favor del providencial sosiego que le deparaban los frecuentes cambios y rivalidades de los musulmanes y sus descalabros en Tolosa y Poitiers: tal fue la pacífica empresa de los diez y nueve años de su reinado, coronado por las bendiciones del cielo y sus vasallos».

Notas

{1} Como lo fueron Íñigo Ariza, Galindo Aznar o Bernardo del Carpio.

{2} Puede ser que la hermana y la esposa fueran la misma, como Abram en Egipto (Génesis 12,10:20) hace pasar a Sara por su hermana, para que Farada no la mate cuando quieren aprovecharse de ella.

{3} Quien realmente era hijo del Duque de Cantabria fue su yerno Alfonso, godo legítimo, que reinaría en Asturias como Alfonso I.

El Catoblepas · julio 2006