Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Los grandes clásicos

Ignacio Gracia Noriega

Goethe: el frío mármol olímpico

Romanticismo del que fue precursor le detuvo en seco, ya no era posible su seguridad y solemnidad

De los autores que nos venimos ocupando, antiguos y modernos (entendiendo por "modernos" a los posteriores al Renacimiento), tal vez sea Goethe el menor digerible para una mentalidad actual. Es demasiado solemne y también demasiado inabarcable, y no incurriremos en el tópico si añadimos que es demasiado alemán. Carece de la ligereza de Shakespeare, de Montaigne, de Cervantes y de Molière y carece asimismo de humor. Pero es un autor verdaderamente grande, que llena su época, que contempla el pasado desde su altura y pretende abarcar el futuro. A pesar de su condición de autor casi helénico, confiesa que le hubiera gustado vivir más tiempo (vivió hasta los 83 años, de 1749 a 1832) para contemplar los grandes adelantos técnicos y las colosales obras de ingeniería que se avecinaban. Pero le detuvo en seco el Romanticismo, del que fue uno de los más ilustres precursores. Su solemnidad, la seguridad de sus afirmaciones, su dominio de las humanidades y de la naturaleza, ya no eran posibles en la segunda mitad del siglo XIX, cuando los escritores escribían en los periódicos y se imponía la especialización. En el nuevo tiempo, hacia el que Goethe mostró recelo y animosidad en los aspectos políticos y morales (no aprobaba la democracia y se consideraba un pagano), ya no era posible el escritor que escribiera poemas líricos, novelas románticas, monumentales obras de teatro (o lo que sean los dos "Fausto"), dramas históricos, recreaciones de leyendas medievales, libros de viajes y memorias, panfletos y fábulas políticas, y a la vez fuera director del teatro y primer ministro de Weimar y que estableciera una teoría acerca de la plasticidad morfológica y funcional de las hojas y se le considere uno de los fundadores de la anatomía comparada y como un precursor de la evolución. Su novela "Werther" fue de las que más influyeron en el naciente romanticismo, provocando el suicidio de numerosos jóvenes afectados de mal de amores, como un siglo más tarde incontables jovencitas se suicidarían a causa de la muerte de Rodolfo Valentino por una peritonitis. "Las afinidades electivas", debido a su asunto, es la lectura de los personajes de "Jules et Jim", de Truffaut: pero ambas novelas hoy se leen con dificultad, o, dicho de otro modo, a nadie se le ocurre leer una novela de Goethe. Su teatro ha envejecido, pero algunas de sus poesías líricas más sencillas conservan su irresistible encanto. Y está el "Fausto", con el que se propuso escribir una de las obras imperecederas de la humanidad, dividido en dos partes igualmente grandiosas. El asunto no es original: el sabio Goethe, conocedor de la botánica y la antropología y que estableció la teoría de los colores, plantea a través de Fausto la venta del alma al diablo para recuperar la juventud y alcanzar la esencia del conocimiento El tema ya había sido tratado por Marlowe y Calderón de la Barca, pero no de manera tan completa: en la noche de Walpurgis desfila toda la humanidad, Helena y Fausto representan lo que posteriormente sería un asunto de comedia, el de la bella y el viejo. y en medio de la barahúnda de personajes mitológicos e históricos, destacan como partes del argumento la doncella Margarita y el diablo Mefistófeles, que es el padre de tantos diablos astutos y un poco grotescos de la literatura posterior (Dostoievski, Thomas Mann, etcétera). Acaso Mefistófeles proceda del de Cazotte: pero el diablo burlado por quien le vende su alma es tradicional y se remonta a la Edad Media. Al final, los ángeles se llevan la parte inmortal de Fausto, salvándose el sabio soberbio y ambicioso después de descubrir que sus esperanzas eran irrealizables Entre éstas figuraba una primera intuición del superhombre. Se trata de una de las grandes obras poéticas de la humanidad. Aunque al verdadero Goethe no le encontraremos ahí, sino en las "Conversaciones" con Nietzsche, es junto con el Memorial de Les Cases, la gran obra del siglo XIX.

La Nueva España · 15 noviembre 2015