Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Mirador de sombras

Ignacio Gracia Noriega

Kierkegaard y Camus

La moral, vista a través de grandes intelectuales que vivieron en los dos últimos siglos

Cien años separan los nacimientos de Sören Kierkegaard (el 5 de mayo de 1813) y Albert Camus (7 de noviembre de 1913). Durante este siglo se produjeron espectaculares avances sociales y científicos y un claro retroceso moral. A pesar de su pesimismo de raíz religiosa, Kierkegaard vivió en un siglo expansivo y optimista, en tanto que a Camus le tocó hacerlo en una época de demolición: como él mismo señaló en su discurso de Estocolmo con motivo de la recogida del premio Nobel, su generación fue testigo de dos guerras mundiales, del triunfo de los totalitarismos, de la apoteosis de los estados policiales (que no fueron gran cosa si los comparamos con el que nos traerá la informática), de los campos de concentración y exterminio, del terrorismo como continuación de la lucha política «por otros medios», de la amenaza nuclear y del rechazo de la moral. Por fin se empieza a aceptar aquello que obsesionaba a Dostoiewski: «Todo está permitido». Rousseau, padre simultáneo del totalitarismo y del pasotismo, será uno de los profetas del «nuevo orden», aunque hoy, a pesar de ello, está de capa caída. Pero el socialismo, sin ir más lejos, se trasladará del marxismo al roussonismo, y desechando su propia moral, en muchos aspectos muy estimable, ha decidido prescindir de ella en favor del hedonismo y del nihilismo, convirtiéndose en abanderado de posiciones tan extremistas como la que afirma que la mujer es dueña de su cuerpo, un poco chocante en un partido que rechaza la propiedad privada (y no obstante, los socialistas, siendo contrarios a la familia y a la propiedad, aspiran a que sus hijos sean ricos).

Contra el optimismo progresista del siglo XIX se alzan voces importantísimas, Marx, en nombre del proletariado que él inventa, y Kierkegaard y Nietzsche, como reacciones individualistas. Nietzsche reacciona contra la idea de progreso indefinido (a la que opone el eterno retorno), y Dostoiewski, contra los «progresistas» ferozmente retratados en sus grandes novelas. La reacción de Kierkegaard es de dura entraña religiosa. Para él, el hombre sólo puede realizarse en Dios: todo acto moral no fundamentado en la fe es absurdo, porque es todo lo contrario: es pecado y desesperación.

Hace más de medio siglo se relacionaba a Kierkegaard y a Camus bajo la común etiqueta de «existencialistas». Además, en ambos existe una aguda percepción del absurdo. Pero Camus da un paso adelante en el terreno moral. Creía en la posibilidad de una moral laica incluso en el aspecto político. Y, al contrario de Sartre, sabía que los campos de concentración socialistas y nacionalsocialistas son los mismos. Sabia también que Dios ha muerto, pero, a diferencias de Ivan Karamazov, no admitía que por ello todo estuviera permitido. Y distinguía (y esto es central y emocionante) entre el bien y el mal, entre una justicia que mata y una caridad que salva, y como escribe Boisdeffre, «sepamos reconocer a Camus haberlo descubierto». Ninguna idea merece el precio de una vida, y como dice Rieux en «La peste», ya que no podemos ser santos santos, seamos médicos: seamos humanos porque tenemos un sentido moral.

La Nueva España · 22 agosto 2013