Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Entre el mar y las montañas

Ignacio Gracia Noriega

San Pedro de Villanueva

En la carretera de Arriondas a Cangas de Onís tenemos el monasterio de San Pedro de Villanueva a nuestra izquierda, al otro lado del río. «El río Sella nos sirve de compañero –escribe Foronda–, y los innumerables caseríos que a uno y otro lado del camino se hallan, y la multitud de capillistas que tan diversas formas arquitectónicas presentan, contribuyen a la variedad del panorama». La carretera está bordeada de plátanos, que se pretenden talar, alegando que puede suponer un peligroso para los automovilistas; como atinadamente escribe Víctor de la Serna: «Un español con un hacha en la mano, frente a un árbol, era la guerra». Por encima de las copas podadas de los árboles y de las colinas verdes se levantan los majestuosos Picos de Europa, cubiertos por la nieve.

A San Pedro de Villanueva se entra por el puente que hay en Vega los Caseros. La gran fachada del monasterio deja en segundo lugar a la iglesia, de la que sobresale la torre robusta: en esta fachada campean dos escudos con castillos y leones, y en medio la fecha de 1687. Por estos días era abad Benito Martínez, de quien escribe José Tomás Díaz-Caneja: «Con este Abad podemos decir que se culminó la transformación nueva aunque faltaban dos paños de claustro que [204] reformaron sus inmediatos sucesores. Terminada por él la torre nueva sobraba la actual que debieron construir para apoyar la iglesia y los claustros». Ante el monasterio hay un prado y en él un perro ladrador: también un tejo y el tocón de otro, que debió ser formidable.

Según Fernández Conde la fundación de este monasterio se debe a Alfonso I: «Las crónicas Rotense y de Sebastián dicen de este monarca que restauró y construyó muchas iglesias, signo inequívoco del considerable desarrollo de la vida cristiana en el pequeño reino astur. La tradición, coherente con tal constatación, atribuyó a Alfonso I y a su mujer Ermesinda la fundación del monasterio de San Pedro de Villanueva, cercano a Cangas de Onís».

Nicolás Castor de Caunedo dice que «su aspecto es moderno por más que se remonta su fundación a los primeros días del reinado de Alfonso el Católico. En el interior se encuentran repetidos vestigios de los pasados siglos, como son los tres arcos bizantinos llamados entrada del palacio, varias cubiertas de tumbas, la severa capilla mayor, una bella pila bautismal y los notabilísimos bajo relieves de la portada, que reproducen en piedra la trágica historia de Favila».

El monasterio estuvo regido por monjes benitos hasta el siglo XIX. Según Magín Berenguer, «la obra más antigua que en la actualidad se conserva es del siglo XII, aunque una estancia que hay a los pies de la iglesia puede contener restos decorativos y estructurales del período prerrománico. El templo tiene tres ábsides semicirculares, cubiertos con bóvedas de medio cañón en el primer tramo, y con casquete esférico en el semicírculo de cierre absidal. Los arcos de ingreso a estas capillas apoyan en columnas con capiteles [205] profusamente decorados con figuras humanas y de monstruos y animales, en las que algunas componen escenas concretas y otras se limitan a una función decorativa. Las tres capillas se comunican entre sí y en estos huecos de comunicación también hay capiteles con decoración escultórica. Las tres naves que primitivamente tuvo la iglesia fueron refundidas en una sola en el año 1773».

El arco y los capiteles de las columnas de la entrada tienen tallados motivos florales; pero en el interior es modesto, con pinturas en las paredes y bóvedas. Sin embargo, la zona del altar está llena de santos de talla moderna, relucientes y multicolores, que desentonan un tanto con la sobriedad del templo: San Antonio, San Jorge combatiendo al dragón, &c. El cura es melómano, y mientras prepara los utensilios para decir la misa, tararea gregoriano como si fuera una canción de moda.

Se dice que en pasados tiempos, sin duda para demostrar la relatividad de las cosas, los obreros que trabajaban en las obras de reparación del monasterio exigieron al abad que no se les sirviese salmón para comer más de dos días a la semana. Pero esta leyenda, que puede situarse en los orígenes de las reivindicaciones laborales en este país, es común a todos los monasterios a cuyo lado pasa un río salmonero. Otros sitúan la protesta en el monasterio de Corias, en otra Cangas, la de Narcea. Pero leyendas de muchos sitios probablemente no lo sean de ninguno.

Ante el monasterio hay una gran paz, que interrumpe el cura, gran melómano, haciendo repicar las campanas. Se escucha el rumor de las aguas del río que bajan y a lo lejos el sol de la tarde brilla en la nieve de los Picos de Europa. [206]

José Ignacio Gracia Noriega. Cronista Oficial de Llanes
Entre el mar y las montañas, recorridos por la comarca oriental de Asturias
Económicos-Easa, Oviedo 1988, páginas 203-205