Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Bajo las nieblas de Asturias

Ignacio Gracia Noriega

San Juan de la Arena: El Sibarita

Desde las calles de San Juan de la Arena, que descienden brevemente hacia las últimas riberas del río Nalón, se ven, al frente y al otro lado, las calles de San Esteban de Pravia y el norte del Espíritu Santo, cubierto de eucaliptos. Ambas poblaciones se miran a través de las aguas del río Nalón, que ya van mezcladas con agua de mar. Antes las unía la «lancha marinera»; ahora hay que salir hasta la carretera, dando un rodeo considerable hasta Soto del Barco. Parece ser que el sobrenombre del Barco añadido a lo que antes era conocido por «Pravia de Aquende», es una referencia al barco que comunicaba ambas orillas del Nalón. San Juan de la Arena se encuentra al final del viaje del río y sus aguas, ora dulces, ora saladas, lamen la playa de Los Quebrantos, como quien da el último adiós a tierra firme. Desde la fuente la Nalona, en la vertiente asturiana del puerto de Tarna, muchos kilómetros recorrió y muchas cosas fue el río Nalón: pastor, minero, hortelano, marinero e indiano. Ahora desemboca con holgura en el mar Cantábrico, dejando a su izquierda San Esteban de Pravia y a su derecha, San Juan de la Arena. Al primer vistazo se advierte que San Esteban fue industrial y ferroviario, y que la Arena es marinero. Los bocartes y las angulas de la Arena gozan de enorme prestigio y general aprecio. Estas tierras de desembocadura y mar abierto estuvieron pobladas desde antiguo. «En ambas orillas del Nalón, desde su desembocadura en la Arena y Bayas, hasta Pravia, donde llegaban antes las aguas del mar, había gran número de hornos para la extracción de sal», nos informa Fortunato de Selgas. Luego, con el industrialismo, San Esteban se convirtió en un gran puerto carbonero, del que quedan muy notables restos de arqueología industrial. Tanto en San Esteban como en la Arena se como estupendamente. En ambas poblaciones quedan huellas del paso de Rubén Darío por Asturias y de la impetuosa retórica del amigo Heradio González Cano evocándole. La calle Rubén Darío de la Arena se asoma al río. Como comprenderán, el río y el mar están muy presentes en ambas poblaciones.

Dentro de la Arena (otro día hablaremos de San Esteban), hay muy buenos establecimientos gastronómicos. El Gurugú ofrece desde hace mucho tiempo una salsa característica de la casa que, según he oído decir, procede de la lejana Turquía. En cierta ocasión naufragó un barco delante de San Juan de la Arena y entre los supervivientes se encontraba un marmitón turco, quien, para demostrar su agradecimiento, confió el más preciado de sus secretos, la fórmula de la famosa salsa, al dueño del Gurugú. El Peñón se encuentra en una de las calles que descienden hacia la playa y el río, y además de restaurante mantiene el agradable aspecto de bar marinero típico. En la actualidad, lo atiende gente muy joven, y lo hacen con remango y buen humor.

Frente a El Peñón tenemos El Sibarita, con su barra a la entrada y el comedor, amplio y pintado de verde, a la izquierda. Es un comedor bien iluminado, con ventanales que dan al río, a San Esteban de Pravia y al monte del Espíritu Santo. Desde aquí, pues, se contempla un paisaje variado al tiempo que se puede comer magníficamente. Desde hace un mes, Agustín, que fue durante muchos años el jefe de cocina del hotel restaurante Mariño y que antes estuvo como cocinero en Casa Consuelo, de Otur, se ha hecho cargo de la dirección de El Sibarita. Decir Casa Consuelo y Mariño es nombrar a dos establecimientos de primerísima fila entre los restaurantes asturianos. En Casa Consuelo aprendió Agustín las primeras letras de la cocina, y se consolidó como cocinero en Mariño, a lo largo de dieciséis años de profesionalidad impecable. También estuvo algún tiempo en el restaurante Marchica, de Oviedo. El Sibarita poseía prestigio por sus pescados y mariscos. Agustín mantiene el plato emblemático de la casa, el arroz con bogavante, plato suntuoso y espléndido. Entre los pescados se ofrecen los clásicos: virrey, pixín, merluza, sargo, bonito, y entre las carnes, el solomillo. Espera Agustín la llegada del otoño para incorporar algunos platos imprescindibles de la cocina tradicional: el pote de berzas, el cabrito guisado, los callos y el arroz con leche: que a fin de cuentas, el cocinero es de San Cosme, tierra adentro, aunque pertenezca a un concejo de capitalidad tan marinera como Cudillero. Entre los vinos se encuentran excelentes añadas de Rioja: entre otras joyas arqueológicas, un Murrieta del 48, notabilísimo. Constante, pues, la permanencia de «El Sibarita», con aires nuevos.

La Nueva España · 11 de octubre de 2002