Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Bajo las nieblas de Asturias

Ignacio Gracia Noriega

Apocalipsis

Una vez más, Manuel Moleiro nos ofrece una acabada muestra del buen arte de hacer bellas ediciones facsimilares. Se trata, en esta ocasion, del llamado «Apocalipsis Gulbenkian», códice considerado como una de las obras maestras de la iluminación inglesa de la segunda mitad del siglo XIII, adquirido por Calouste Sarkis Gulbenkian en 1920 y consemido en Lisboa, en la Fundación Gulbenkian. Este ejemplar está escrito en latín, e incluye un Comentario, extraído de Berengaudo, abad del monasterio de San Maximino, de Treveris (siglo XII). Tanto el texto del Apocalipsis como el Comentario van ilustrados con figuras miniadas, representadas en el interior de un marco rectangular, de variado colorido, y decoración de filigranas, que adoptan diversas formas geométricas, principalmente cuadrículas y círculos de oro rodeados de puntos blancos. Los colores que predominan en las ilustraciones son el azul, el marrón rojizo y, sobre todo, el oro bruñido, tan característico de la iluminación inglesa del siglo XIII. El ejemplar, con un tamaño de 268x217 milímetros, consta de 152 páginas con 153 ilustraciones; fue copiado e iluminado en Londres entre los años 1265-1270.

Como todos los libros realmente valiosos e importantes, el Apocalipsis ahora conocido con el nombre de su último propietario pasó por aventuras, estuvo rodeado de misterios, tuvo un pasado viajero y perteneció a personajes ilustres. Queda dicho arriba que se terminó de copiar e iluminar en Londres hacia el año 1270. Por aquel entonces, se desarrollaba en Inglaterra un exquisito arte de copistas e iluminadores, destacándose por la perfección de su trabajo los vinculados a la abadía de San Agustín de Canterbury. El Apocalipsis que comentarnos llegó al continente en fecha imprecisa; pero a mediados del siglo XVII reaparece en el Vaticano, corno propiedad del Papa Clemente IX (1667-1669), el cual lo legó a sus parientes, los condes de Rimini. El 22 de enero de 1899 fue comprado a la viuda del conde Bataglini, y regresa a Inglaterra para formar parte de la biblioteca de Henry Yates Thompson. El 23 de marzo de 1920 Calouste Sarkis Gulbenkian lo adquiere en Sotheby's, por mediación de un intermediario, Mr. Devgantz, y lo incorpora a su importante colección de manuscritos. Un Apocalipsis nacido en Londres, que perteneció a un Papa y que regresó a Inglaterra figura como una de las joyas de la Fundación Gulbenkian, en Lisboa.

Con la edición de este Apocalipsis, Moleiro completa en cierto modo el proyecto iniciado en 1998 con la publicación de un espléndido Beato, según el códice del monasterio de San Pedro de Cardeña, y que es, según Angela Franco, «el ejemplar más bello de los códices tardíos de los "Comentarios al Apocalipsis" del monje Beato de Liébana». Resulta impresionante que en el valle de Liébana, un monje llamado Beato, muy unido al rey Silo y a la Corte de Pravia (y corresponsal de Alcuino en la Corte de Carlomagno, en el reino de los francos), haya escrito en la soledad de su celda, mientras sobre los Picos de Europa caía la nieve, unos «Comentarios al Apocalipsis» de tan decisiva importancia sobre la Europa cristiana (es decir, sobre lo único que puede ser llamado Europa, hoy tanto como ayer) a lo largo de toda la Edad Media. Para ilustrar los Comentarios al Apocalipsis, fueran los del propio Beato o de algún otro, alcanzó su máxima expresión el meticuloso arte de las miniaturas iluminadas. El Apocalipsis, libro breve pero de larguísimo aliento, siempre fue una tentación para editores e ilustradores. El último gran proyecto en torno a la sombría profecía escrita por San Juan en Patmos tuvo lugar hacia 1960, en que un editor francés intentó un Apocalipsis que sería el libro más caro del mundo, con ilustraciones de Marc Chagall, Henri Matisse, Fouyita y otros, sobre textos de Andre Malraux, Ernest Hemingway, etcétera.

El «Apocalipsis» que ahora nos presenta Moleiro, mucho más asequible de precio (y lo que se paga por él lo vale el libro con creces), está acompañado del correspondiente volumen que contiene diversos estudios de carácter histórico, codicológico, paleográfico y artístico de la obra, debidos a Nigel Morgan, Stizannne Lewis, Aires Nascimento, Michelle P. Brown y Raquel Somoano, y espléndidas reproducciones de la obra principal, tanto de páginas completas como de figuras aisladas. También se incluye la transcripción y traducción del texto apocalíptico.

El Apocalipsis, escrito por el apostol y evangelista San Juan en su ancianidad, durante su destierro en la isla de Palmos, ha ejercido a lo largo de los siglos una rara y acaso morbosa influencia sobre los hombres de Occidente. Escribe Cristóbal Serra:

«Último libro de la Biblia, es tambien, en cierto modo, la postrera palabra de Israel. Pocos libros pueden igualar su catarata de simbolos y su gran pirotecnia psíquica».

Tratándose de un libro en el que las figuras más extrañas y fantasmales son visualizadas, no es de extrañar que ese texto atrajera a pintores e ilustradores. Los profetas hebreos (Juan de Patmos es, en cierto modo, el último profeta; pero también salas, y, sobre todo, Ezequiel) recurren a imágenes plásticas potentísimas para expresar lo inexpresable. Para Víctor Hugo, San Juan es el visionario en quien la ardiente savia del hombre se ha convertido en humo y en agittación misteriosa. El Apocalipsis es una «visión». Refiriéndose buena parte de él al final de los tiempos, su éxito a lo largo de dos mil años es comprensible porque al hombre le interesa sobremanera lo que no ve y lo que le está aguardando en el inquietante porvenir. Las visiones del Apocalipsis no son agradables, pero si de una plasticidad muy precisa, pese a que las imágenes resulten indescifrables «Vi como un mar de cristal, mezclado con fuego, y los que habían vencido a la bestia, a su estatua y a la cifra de su nombre, estaban de pie sobre el mar de cristal con las cítaras de cristal» (Ap. 15,2). Podemos preguntarnos qué significa esa escena o en qué lugar fuera del inundo de las percepciones habituales se desarrolla. Pero todo su mobiliario (cristal, fuego, estatua, cítaras) es comprensible y se puede reproducir. Esa mezcla de plasticidad y misterio ha convenido al Apocalipsis en el libro mejor ilustrado del mundo a lo largo de la Historia.

La Nueva España · 27 marzo 2003