Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Despedidas & necrológicas

Ignacio Gracia Noriega

Manuel Jesús González y Jovellanos

En la despedida del más jovellanista de los economistas asturianos

La última vez que estuve con Manuel Jesús González en La Granda conservaba el aspecto rubicundo y leonado, pero ya le tenían a dieta. No podía beber alcohol, pero acabamos bebiendo un whisky, que le sentó muy bien. Hablar con él era una delicia, porque hablaba de muchísimas cosas, excluyendo las profesionales, que ésas se dejan para la cátedra o para cambios de impresiones con otros especialistas. Aunque como ahora se habla tanto de economía a todas horas, los economistas corren el riesgo de ser abordados como si fueran médicos o abogados, profesionales que siempre están a punto de que cualquier peatón o vecino de la barra del bar los consulte sobre cualquier dolencia o pleito. Y a los economistas les preguntan si va a terminar la «crisis» de una vez, como si los economistas fueran adivinos. Los economistas analizan lo que hay, no adivinan el porvenir. De momento, lo único que sabemos de la crisis, los economistas y los no economistas, es que va para largo.

Muere Manuel Jesús González en un año de conmemoración jovellanista, casi dos meses justos antes de la muerte del prócer en Puerto Vega. Manuel Jesús González era en muchos aspectos el más jovellanista de los economistas asturianos actuales. Decía cosas que pocos dicen, por no incurrir en el delito de «lesa majestad» de la incorrección política. Pero un liberal ha de ser consecuente en todos los órdenes. Tenemos el don en Asturias de contar, como contamos en el siglo XVIII con los grandes ilustrados, con economistas como Álvaro Cuervo, Rafael Anes, etcétera, de la escuela de Juan Velarde, aunque el maestro asegura que «sólo en economía no es liberal». Manuel Jesús González y Álvaro Cuervo han escrito en la prensa páginas muy sensatas y muy ciertas sobre economía, sin temor a asustar o a molestar. Afirmaba Manuel Jesús González -era una de sus opiniones más repetidas- que el radicalismo de la Revolución Francesa retrasó en más de cien años el avance que Europa hubiera hecho por la vía de la reforma política y económica. Lo mismo opinaba Burke, y entre nosotros Jovellanos, que escribió que «de la democracia está demostrándose, con el ejemplo funesto de Francia, que no hay que esperar de ella la reforma del mundo». En una época de desequilibrio, demagogias y desvarío, en que las posibilidades radicales (los «indignados», etcétera) son contempladas con curiosidad e incluso aprovechadas por el poder político, en que éste no tiene escrúpulos para desempolvar añejas y desprestigiadas retóricas para ver si hay posibilidad de arañar algún voto entre los trogloditas de «progresismo» irredento, se hará más lamentable la falta de este liberal convencido y practicante (el liberalismo no es tanto una formalidad política o económica como un concepto de la vida: el «liberal» era para Cervantes lo que para Gracián el «discreto») que tuvo el valor y el rigor de predicar que el radicalismo no es rentable, ni económica ni políticamente.

La Nueva España · 23 septiembre 2011