Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Escritos sobre política

Ignacio Gracia Noriega

Doña Berta no era Ana Ozores
(ni siquiera pariente)

Vamos mejorando. En contraste con el ciclista Armstrong, que no se dignó a acercarse a Oviedo para recoger el premio que le había correspondido por sus hazañas deportivas antes que por su buena educación, o con el vasco Oteiza, que bramó en euskera o en hebreo, como comúnmente se dice, porque le concedieron un premio «Príncipe de Asturias» cuando él esperaba ser reconocido en la Bienal de Venecia, los galardonados más recientes se muestran encantados y agradecidos, y lo manifiestan de manera más o menos elocuente, aunque hemos de adelantar que casi ninguno alcanza en brillantez y entusiasmo a Woody Allen, que aseguraba encontrarse en Oviedo como en un cuento de hadas, con príncipe y todo. Y eso que no llegó a conocer al Oviedo de El Paraguas, el más clásico bar de copas con poeta incluido, y que hubiera sido el escenario más adecuado para soplar no sólo alcoholes sino ese instrumento de viento que toca una vez a la semana y que parece que se llama saxofón (o algo así).

Todos los galardonados de este año proclamaron una vez más la mucha ilusión que les hace haber recibido el premio «Príncipe de Asturias» en sus respectivas ocupaciones, especialidades y habilidades, y algunos expresaron de paso su agradecimiento, añadiendo a las frases protocolarias otras que van más lejos de lo que el deber (y Graciano) les pedían, y así Paul Auster citó a don Quijote, y el cineasta manchego Almodóvar, a la Regenta y a Doña Berta. La mención de don Quijote, compartida con Hamlet, es absolutamente inocua e irrelevante, pero se agradece. En efecto: tanto Hamlet como don Quijote nos ayudan a conocernos mejor, al igual que Antígona o Mr. Pickwick, o cualquier otro gran personaje de la literatura universal. Pero, tratándose de un escritor, no está de más citar a don Quijote. Es sabido que Faulkner, un escritor compatriota de Auster, tenía muy escasa relación con España: tan sólo un asno aragonés que había adquirido para su granja por mediación de Ramón J. Sender y el elogio a la novela taurina «El matador», de Barnaby Conrad, pero acostumbraba a leer el «Quijote» todos los años. Digo yo que algunos años no lo leería entero, porque el «Quijote» es de esos libros maravillosos que se pueden leer por partes, como los «Papeles póstumos del club Pickwick». Faulkner leía el «Quijote» por lo bien narrado que está, y Auster, sin asegurar que lo ha leído, dice que el personaje le sirve para conocerse mejor: «Conócete a ti mismo», aseguró Sócrates antes de apurar la cicuta.

Es, en cualquier caso, un detalle delicado por parte del inquietante novelista de la «Trilogía de New York» (no sé si Auster lo será como persona, pero sus novelas lo son, y mucho, en la primera lectura, aunque no resisten la segunda). Esta gentileza es muy propia de artistas agradecidos y corteses. Durante un viaje a París, el cineasta norteamericano Frank Tashlin se encontró con la agradable sorpresa de que la prestigiosa revista «Cahiers de Cinema» le dedicaba un artículo largo y elogioso. Agradecido y emocionado, Tashlin, a partir de entonces, introdujo en todas sus películas algún «gag», algún guiño dedicado a los franceses, para recordarles que aquel artículo no había caído en saco roto.

Almodóvar, por su parte, tal vez sin tener en cuenta que Vetusta es todo lo contrario de la posmodernidad (que hoy, no lo olvidemos, ya no está representada por el cine del manchego sino por el «pensamiento Alicia» del presidente Zapatero, un poco más solemne y mostrenco que la «movida» aunque manando de la misma madre), se lanzó en plancha en la plaza de la Catedral y encarándose con la estatua de Ana Ozores, en lugar de evitar que se le cayera el sombrerito y le golpeara en un ojo, le dijo con mucho desparpajo: «Un día haré algo con tu vida», como si estuviera recitando la frase de un guión publicitario. Y como la prudencia propone que a donde fueres haz lo que vieres, el cineasta manchego se sintió tan seguro siguiendo la norma... que resbaló. Durante un coloquio mantenido en el teatro Filarmónica con un escritor que parece disfrazado de Arturo Cortina, Almodóvar volvió a lanzarse en plancha al asegurar que tenía ganas de rodar «Doña Berta», la novela de Clarín. Lo que de primeras le situaba más allá del tópico, porque a «Doña Berta» no la citan ni muchos clarinianos. Más en seguida nuestro gozo fue al pozo, porque había confundido a doña Berta con Ana Ozores y a ésta la llamó doña Regenta, suponiendo que el cargo de su marido era su nombre de pila. Qué se le va a hacer. Es natural que Almodóvar no sepa tanto de la obra de Clarín como Cachero, e incluso que sepa menos que Gonzalo Suárez, autor, por cierto, de una adaptación de «La Regenta» bastante infecta. Cuando menos, el manchego pica alto, e intuyendo que «La Regenta» tiene algo que ver con el siglo XIX, le gustaría adaptarla a la manera de «Senso», de Visconti. «Senso», más que película, es una ópera en la que en lugar de cantos hay imágenes. Y siendo Oviedo la ciudad operística de España, ¿por qué no se va a plantear la adaptación de la novela de Oviedo como una ópera en el Campoamor?

La Nueva España · 2 de noviembre de 2006