Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Territorios perdidos

Ignacio Gracia Noriega

Tertulias

La memoria es un cesto de cerezas. Se saca una y empiezan a salir las demás. Un artículo mío sobre el desaparecido bar Los González de la calle San Bernabé activó la memoria de Francisco BallesterosVillar, abogado, exgobernador civil y autor de estimables libros de montañismo, y salió un artículo titulado «Recuerdos», publicado en LA NUEVA ESPAÑA del pasado 26 de noviembre, como si se tratara de un puñado de cerezas. Entre otras cosas me agradece que no le haya llamado «feo». Claro que no: para feo tenían suficiente con el que se parecía a James Joyce en la tertulia del bar Los González. Otros hay que se parecen a James Joyce en Oviedo, como Arturo Cortina y Santiago Romero, y no son feos, pero aquel que digo era feísimo. Por aquel entonces, muy pocos sabían quién era James Joyce en España y probablemente en Irlanda: de los que enumera Paco Ballesteros, tal vez Vidal Peña tan solo.

Le extraña a Paco Ballesteros que le haya calificado «socialista». ¿Por qué no? Ser socialista no implica ser de derecha o de izquierda, sino tener unas preocupaciones de carácter social que no tenían los «progres» de la época, demasiado preocupados por las luchas de liberación del tercer mundo, la vía argelina al socialismo, el castrismo y el culto al Che Guevara, y otros afanes no menos fundamentalistas. Como escribe Jon Juaristi en un artículo reciente:

«La imaginación del antifranquismo de izquierdas estaba ocupada por la mitología común a la izquierda occidental en la guerra fría: la revolución bolchevique, la china, la cubana, los anticolonialismos y la guerrilla latinoamericana. O sea, la más acertada, según sentencia del tiempo, para no enterarse de la película».

De manera que si no se preocupaban los joseantonianos por la «cuestión social», no sé quién iba a preocuparse.

La otra noche, en un debate con periodistas vagamente calificables como en la línea del PP y otros férrea y batalladoramente defensores de la del PSOE, Esperanza Aguirre, que por cierto se expresa muy mal, tuvo la inspiración no obstante de decir algo sensato, cosa extraordinaria tratándose de una jerifalte del PP: que Franco había sido el único socialista práctico que hubo en España, y aunque lo repitió un par de veces más, los periodistas más o menos difusamente próximos al centro izquierda (PP) o defensores a ultranza de la extrema izquierda (PSOE), no quisieron recoger el guante y pasaron a considerar otras cuestiones menos comprometidas. Lo mismo acaba de afirmar, en su espléndido libro sobre «El mito de la derecha», alguien de más talla intelectual que doña Esperanza, Gustavo Bueno, que apunta las tres fases de la derecha socialista española, desde Maura a Franco, pasando por Primo de Rivera. Afirma Bueno también que en las actuales democracias homologadas no existe derecha ni izquierda, y eso lo ha demostrado muy bien el PP astur dándole un cheque en blanco al PSOE con la reelección de Ovidio; pues si Ovidio perdió cuatro o cinco elecciones, y en las anteriores todos los ayuntamientos, Areces puede dormir tranquilo, porque como no le muevan la silla en su partido, no se la va a mover Ovidio.

Estamos hablando de política, pero no es tema ajeno al asunto de este artículo, ya que el artículo de Paco Ballesteros me recordó las tertulias de antaño, y en las tertulias se hablaba muchísimo de política. Casi exclusivamente se hablaba de política, cuando no de los tertulianos ausentes. Por eso era muy conveniente, si se era asiduo de una tertulia, no faltar ni un solo día, no fuera a ser que ese día de ausencia, los demás tertulianos se desquitaran.

A mí el término «tertuliano» me recuerda a un ilustre padre de la Iglesia, por lo que prefiero no abusar de él. Un día Jesús Evaristo Casariego me preguntó con voz poderosa:

—¿No asiste usted a ninguna tertulia?

Le contesté que jamás, de modo asiduo.A lo que él añadió que en las tertulias se aprende muchísimo, y pasó a contarme que él asistía en Madrid a una a la que iba Valle Inclán, y cierto día que Casariego desfilaba por las calles de Madrid al frente de una compañía de soldados (!!!), viendo al autor de «La guerra carlista» pasando por la acera, ordenó «Vista a la derecha» y le rindió honores militares con el sable desenvainado. Le conté esta historia a Jaime Herrero y me parece que tampoco la creyó. Jaime conocía muy bien a Casariego, y refiere algunas historias suyas magníficas y con mucha chispa.

Las tertulias tienden siempre a especializarse. En La Perla se reunían taurinos en torno a Paco Valdés, y si alguien decía «culebra», le hacía pasar un mal rato a Pena, que se apresuraba a ir a la puerta y hacer algunos conjuros para evitar lo que pudiera atraer el nombre de «la bicha», mientras en Rialto predominaba el elemento melódico y operístico. En Alvabusto, donde después estuvo Logos, catedráticos y estudiantes se mezclaban en desenfadada promiscuidad. Allí le oí contar a José Luis Mena, profesor de Historia Antigua en la Universidad, que el esperma de ballena se obtiene de la cabeza del cachalote. María Eugenia Yagüe, musa de aquellos tiempos, puso los ojos en blanco y dijo:

—¡Cuánto sabes, José Luis!

Meana se atragantó, se puso colorado y creyó que lo más elegante era pedir disculpas:

—Es que he leído «Moby Dick», señorita...

José María Fernández Pajares iba siempre con abrigo, así fuera agosto, y con libros, aunque el verdadero «sobaco ilustrado» era el crítico de arte Villa Pastur.A veces se acercaban algunos personajes entre la pseudointelectualidad y el «lumpen», como un supuesto cronista de guerra, que era pesadísimo, y otro que había sido oficial nazi durante la II Guerra mundial. Alarcos le preguntaba:

—¿Qué tal está usted? ¿El horno crematorio siempre a punto?

Y el nazi, que cuando se emborrachaba lamentaba hasta las lágrimas que el borracho (Churchill), el tullido (Roosevelt), el general sin ejército (De Gaulle), los Bomberos de Londres y Pepe Stalin, hubieran derrotado al mejor ejército del mundo, le contestaba meloso:

—¡Qué cosas tiene usted, señor decano!

Luego, Alarcos comentaba en confianza: «Mucho señor decano, pero si vuelven los suyos más vale que estemos lejos».

Una tarde, un hijo de César Pola me llevó a una tertulia de poetas en la cafetería Oliver. Sólo fui esta vez. Un ramillete de jóvenes poetas se reunían en torno al maestro o «voz autorizada» y hablaban de otros poetas ausentes como si se trataran de escritores conocidísimos y poniéndoles de chupa de dómine. Aquellos poetas ausentes vivían en Madrid o sabe Dios dónde, y es posible que sigan siendo poetas muy conocidos, como de casa, aunque el común no haya oído hablar de ellos ni por casualidad.

En El Manantial se formaban tertulias espontáneas, pero a las tres en punto de la tarde, Ramón cerraba el bar, lo mismo le daba que estuvieran los vasos llenos o afuera llovieran chuzos.Y en el Noriega se reunían personas ilustradas de tendencia asturianista y jóvenes meritorios en torno a la figura patriarcal y bondadosa de don Juan Uría.

No todas las tertulias eran en cafés o bares. Había una en el patio de la biblioteca pública del palacio del conde de Toreno, de una serie de curiosos personajes que tenían aspecto de conspiradores de novela rusa. Eran antifranquistas pero muy aburridos, de manera que lo uno no compensaba lo otro. Uno de ellos era pequeño, calvo, con cuatro pelos mal peinados disimulando la calva y abrigo amarillento, que todos los días leía una página de «La Regenta», y otro fuerte, sanguíneo, con gafas y calvo, de mirada apasionada y anticlerical frenético. Era igual igual que el cura Daza, profesor de Derecho Canónico en la Universidad. Un día que se lo hice notar, se puso furioso. Mas el parecido era cierto. Se trataba, sin duda, de un hombre de mala suerte.

La Nueva España ·13 diciembre 2008