Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, De Transición y copas

Ignacio Gracia Noriega

Cosmopolitas y exiliados

Juan Benito Argüelles y Fran Menéndez coincidieron, de vuelta a Oviedo, en la Alianza Francesa, que fue uno de los focos de libertad de aquellos años de la dictadura

En los años sesenta del pasado siglo, el marxismo-leninismo, minoritario pero con gran capacidad de captación, ya tenía perfectamente fascinada y atraída a la «progresía» incipiente, que se perfilaba como clase social de poderosa influencia y a la que Ricardo Vázquez Prada se refería un día sí y otro también desde las «Gotas de tinta» que publicaba en el diario «Región» con los apelativos de «tontos útiles» y «compañeros de viaje». Estos entusiastas colaboracionistas de quienes, si llegaran a tener el poder suficiente, les cortarían la cabeza, eran burguesitos vergonzantes en buena situación económica, hijos y nietos de sesudos higienistas de la Institución Libre de Enseñanza que en algún momento de sus cómodas existencias habían trocado la austeridad paterna por la golfería a la moda, y se encontraban resentidos contra el mundo y descontentos consigo mismos. Los poetas de la llamada Generación del 50 expresaron con mucha exactitud esa manera de entender la vida, que no llegaba a la «angustia vital», término procedente de la trivialización popular del existencialismo, pero que rehuía el compromiso político explícito en nombre de una suerte de dandismo displicente, que les llevaba a suponer que ellos eran más de izquierda que los partidos de la izquierda más extremista, lo que los eximía de participar en acciones que les hubieran acarreado persecuciones e «incomodidades» (como apuntó cierto «historiador delator» a propósito de su pasado) y quién sabe si cárceles. De ahí viene también la «mala conciencia», de raíz poderosamente cristiana, de la «progresía», que todavía lamenta haber perdido la Guerra Civil que ganaron sus padres y que Franco haya muerto en la cama. La «mala conciencia» es el sentimiento del pecado del laicismo, un prejuicio perfectamente burgués. El obrero, cuando salía del trabajo, se iba a jugar tranquilamente la partida. En cambio, el burgués tenía que hacer ostentación de que iba a misa (o de que no iba). Por eso, en el PSOE de antes, en el que yo conocí, al ser laico, no había laicismo. Y en la época de Felipe González se hablaba también muy poco de laicismo. De laicismo se habla ahora, en el PSOE «progre» y pequeño burgués de Zapatero, contaminado por todas las taras de la burguesía y por la retórica pedante del socialismo.

En los años sesenta a los que me estoy refiriendo el «progre» era también un cosmopolita, porque era el único al que entonces se le ocurría salir al extranjero, no para trabajar en las fábricas de la enriquecida Europa Comunitaria o en la recogida de las cosechas en las ubérrimas campiñas francesas, sino para comprar los cuadernos del «Ruedo Ibérico» y otras publicaciones no menos ilegibles y entintadas, y traerlas más o menos camufladas para que no fueran interceptadas en la aduana. En consecuencia, el cosmopolitismo un poco palurdo de aquella época se convirtió en una categoría de izquierda, lo mismo que en la actualidad lo es ser joven, mujer, moro u homosexual. Entonces, todavía París era la «capital del siglo XIX», como la calificó Walter Benjamin, y la ciudad del Sena estaba llena de argentinos, catalanes y «progres» españoles en general. Como decía un personaje de «Fiesta»: «¿Para qué vamos a irnos a Hispanoamérica si todos los hispanoamericanos están en París?».

Haber estado una temporada en París daba prestigio indeleble de cosmopolita. Lo de haber tirado adoquines a los guardias en las jornadas de Mayo de 1968 vino más tarde. Uno de los cosmopolitas con solera de Oviedo era Juan Benito Argüelles. Otro, Fran Menéndez. Ambos, de vuelta a Oviedo, coincidieron en la Alianza Francesa, que fue uno de los focos de libertad de aquellos años, y donde se podía leer «Le Monde» sin necesidad de ir a comprarlo al puesto de periódicos de Olegario, en la calle Milicias, para enterarse de si había huelga en Mieres. Si había huelga, la Policía retiraba los periódicos de Olegario, pero a la Alianza venían por suscripción: por lo que llegaban en el correo, aunque con algunos días de retraso.

Entre los artistas asturianos que fueron a París como si estuvieran en los años veinte estaban Eduardo Úrculo y Jaime Herrero. Los dos, además de excelentes pintores, eran excelentes narradores, y Úrculo contaba una historia rocambolesca de su estancia en París, donde cierta noche que había buscado refugio en la Embajada mexicana para escapar del frío, pues allí se organizaban fiestas que duraban toda la noche en las que se servían copas pero no comida, conoció a un personaje misterioso que resultó ser Cisne, un espía experto en jugar con media docena de barajas y que en aquellos días se proponía derribar el franquismo por medio de la inflación galopante. Al enterarse de que Úrculo era pintor, le contrató inmediatamente para que falsificara billetes de mil pesetas. Con infinidad de precauciones, Cisne, apellidado Mata, le llevó a un piso en las afueras de París, en el que no había otra cosa que cajas de zapatos llenas de billetes de mil pesetas, todos falsos. El plan de Cisne consistía en poner a circular tales billetes, enviándolos por correo a toda España. Úrculo se asustó. De paso, Jaime Herrero había entrado en contacto con unos argelinos, y un día le dijo:

–Eduardo, necesitamos una «madame».

«Mira a este chalado, en la que estamos metidos y pensando en putas», pensó Úrculo, pero Jaime aclaró: «No, quiero decir una pistola, una ''pipa''». Por fortuna para ellos, encontraron a Juan Benito asomado a la puerta de un bar, como si estuviera en Oviedo. Juan regresaba a Oviedo al día siguiente en el coche de un indiano que los trajo por Andorra, con todos los gastos pagados.

Otros marchaban a París, no por motivos artísticos y aventureros, sino políticos, como José Feito, a quien la Policía puso en la frontera con un par de calcetines y veinte duros que reunimos en el bar Azul, porque era súbdito cubano. La Navidad de 1965 me envió una postal con una «Femme et enfant du Vietnam» (obra de Le Ba Dang) en la portadilla y la leyenda en el interior «Paix sur terre aux hommes de bonne volonté» y el texto: «Estimado amigo de dentro y fuera del bar Azul (nuestras reuniones del bar Azul las tenían muy en cuenta los comunistas, porque nos reuníamos en el altillo donde había una lavadora estropeada, en la que Miguelón del Hoyo o Areces ocultaban la propaganda, y nosotros sin enterarnos). Nunca he dado gran importancia a estas fiestas y, sin embargo, ahora siento nostalgia de Oviedo. Pero no os preocupéis; tengo intenso y extenso programa de festejos y es casi seguro que lo pasaré mejor que vosotros en Oviedo. No todo el mundo puede venir a París a sacarle el jugo (y a que se lo saquen) y ésta es mi alegría. La vida hay que vivirla con intensidad en todos los aspectos». No me cabe duda de que en París lo habrá pasado mejor que nosotros en Oviedo, pero sin los turrones de Diego Verdú.

Posteriormente, Feito pasó a la República Democrática Alemana, que aquello era el socialismo fetén. Nadie se atrevía a hablar si no era en pleno campo y lejos de cualquier árbol, no fuera a ser que hubiera oculto algún micrófono. Allí se dio cuenta Feito de que el socialismo real no era precisamente lo mismo que la democracia burguesa y decadente de París, y aunque por estricta observancia había que reconocer que París era un mal transitorio y la República Democrática el paraíso permanente, a Feito y a otros se les hizo un poco duro aceptarlo. Otros como el ínclito Francisco de Asís no parecieron echar de menos nada en la tal República Democrática y a tan animoso luchador tampoco parecieron afectarle los micrófonos ocultos y otras formas de control policial. Ésta es la gran ventaja de quienes no apartándose de la recta ortodoxia ni de la estricta observancia pueden dormir a pierna suelta el sueño de los justos. Lo malo de Paco de Asís y de otros por el estilo fue que el sueño placentero se volvió demasiado prolongado y profundo, y no los despertó ni el estruendo producido por la caída del Muro de Berlín, y eso que fue grande.

Entre las obsesiones de este personaje en sus tiempos de estudiante figuraban aprender a pilotar un avión para bombardear él solo el cuartel de la Guardia Civil de Pumarín y de paso el cuartel del Milán, que estaba al lado, y para ir a Moscú a recibir consignas y traerlas en el día, y además aprender a tocar el piano para interpretar himnos revolucionarios y de Beethoven durante las largas noches de los fuegos de campamento cuando organizara la guerrilla en el Monsacro. La música serviría para entretener a los guerrilleros.

Por fortuna, cayó en la cuenta de que la aviación franquista impediría el desarrollo de la guerrilla, y de este modo el Monsacro y la sierra del Aramo por un pelo no pudieron ser la Sierra Maestra de Asturias. Además, empezaba a cobrar prestigio la guerrilla urbana, de manera que los revolucionarios que estaban al día ya no pensaban en el «maquis», que, como se sabe, significa «matorral». Otra de sus obsesiones era no hacer el servicio militar. Para ello alegó una grave afección a la vista, por lo que le enviaron a reconocimiento médico a Valladolid, y pese a que hizo el viaje asomado a la ventanilla, mirando hacia la locomotora y recibiendo en los ojos el impacto del aire cálido, carbonillas, etcétera, no fue suficiente y le dieron apto para el servicio. El sacrificio, en cualquier caso, fue inútil, porque antes de incorporarse al Ejército se exilió.

Y ya nos habíamos olvidado de él cuando un buen día se presentó en Oviedo disfrazado de mujer, para examinarse de unas asignaturas, entre otros con Alarcos, a quien fue a ver a su despacho y le dijo: «Don Emilio, soy yo y vengo a examinarme. Permítame que me meta en ese armario, por si viene la Policía». Alarcos era hombre templado, pero ante la posibilidad de que en efecto apareciera la Policía y encontrara a Paco de Asís vestido de mujer dentro del armario, le pidió que le diera las papeletas y se las firmó allí mismo, sin necesidad de examen. Seguramente, pocos arriesgaron tanto por un aprobado en Lingüística, que entonces todavía no tenía ninguna connotación política. Paco de Asís era un tipo valeroso y genial: acaso lo más chocante es que estas cosas las hacía enteramente en serio.

La Nueva España · 29 junio 2009