Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


Gracia Noriega, Entrevistas en la Historia

Ignacio Gracia Noriega

Los osos de Ignacio Rodríguez

Nacido en Villa de Sub (Teverga) en 1831, fue el mayor cazador de plantígrados de Asturias, con 99 ejemplares abatidos en su casi centenaria vida

Me llama mi buen amigo Cofiño, potente cazador, a quien le gusta cazar, pero no comer la caza (lo que le habría recriminado Ernest Hemingway), para hacer algunos comentarios a mi «entrevista» con el cura de Torce. En opinión de Cofiño, tenía que haberme ocupado también del cura de Villar de Vildas, a quien se refiere don Pedro Pidal en su divertidísimo panfleto «El oso del museo»; y yo lo haría encantado si Cofiño me facilita más datos sobre él. Debía de ser este cura (don Francisco era su nombre) muy perito en cacerías de osos, porque don Pedro Pidal le reclama como testigo en el pleito con su primo Pepón Bernaldo de Quirós a propósito de quién mató el oso que acabó en el museo. Este don Francisco era un protegido de la familia Pidal, y después de haber vivido algún tiempo en Madrid, regresó a su tierra natal de Somiedo al ser nombrado cura de Villar de Vildas, y, según refiere don Pedro, «venía todos los veranos a Somió a vernos y a convidarnos a cazar el oso». Sin embargo, en la cacería que dio lugar al conflicto, relatada por don Pedro Pidal con tanta indignación como humor (sin duda involuntario), el cura de Villar de Vildas no estuvo presente, sino que intervino como «testigo de oído».

En cualquier caso, merece la pena rescatar a este don Francisco, y yo lo haría encantado si pudiera averiguar más noticias sobre él. Los curas de otro tiempo reunían buenas facultades para ser buenos cazadores de osos. Disponían de tiempo libre y muchos de escopeta. Además, el cura rural solía ser hombre de valor personal enriquecido por la prudencia. El otro día, Roberto Sancidrián me estuvo contando, durante una comida, diversas historias del cura de Cedemonio, otro personaje formidable. En la época en la que los españoles pasaron de la alpargata (o de la madreña, en climas húmedos) al zapato y de andar a pie a la bicicleta primero y al coche cuando iban mejor las cosas (en algunos casos, pasando por el intermedio de la motocicleta), algunos feligreses que habían comprado el cochecito iban al cura de Cedemonio para que lo bendijera; y éste les decía: «Ahora Dios va en el coche, pero no olvidéis que se baja cuando se pisa el acelerador y se pasa de los sesenta por hora».

En fin, volvamos al oso, plantígrado venatorio de mucho efecto. Los cazadores asturianos adquirieron tal fama, como Xuanón de Cabañaquinta y Toribión de Llanos (que los mataba a cuchillo, lo mismo que Búffalo Bill, si hemos de creer lo que relata Emilio Salgari en «La soberana del Campo de Oro»), que al ir el duque de Osuna como embajador de Rusia y haber escuchado las proezas de los cazadores de osos rusos, incorporó a su séquito a un cazador de osos asturiano para que enseñara a aquellos orientales cómo se cazaban osos de verdad y quedara con ello bien alto el pabellón de España. Pues Asturias fue en el pasado la mejor región osera de España, y diversos cazadores, como Abel Chapman y Walter Buck, la consideraban un paraíso de la caza y de la pesca, y para Ernest Hemingway, las truchas asturianas de alta montaña eran las mejores de Europa, superiores a las austriacas. Y dentro de la caza mayor, Teverga es concejo privilegiado, sin olvidar Somiedo, como dice Cofiño. Constantino G. Rebustiello escribe en un artículo publicado en La Nueva España el domingo 9 de septiembre de 1973: «Teverga fue bautizado como el "Hallenthal asturiano" por su similitud con el famoso valle del Infierno de la Selva Negra, allá en el Rin. Tales eran las odiseas que habían de pasar para adentrarse en su término, por la zona de Caranga». Y de este concejo, montaraz y hermoso, es Ignacio Rodríguez, el «cazaosos» que más osos mató en Asturias: ni más ni menos que noventa y nueve.

—Más bien menos que más –me dice don Ignacio.

Corre el año 1924 y me confiesa que tiene 93 años cumplidos. De seguir así, llegará a cumplir tantos años como osos mató.

—¿Por qué menos que más?

—Porque no pude llegar a matar los cien osos. Me quedé a la puerta, raspiando: noventa y nueve. Pero me consuela saber que maté siete osos más que Xuanón de Cabañaquinta, y sin darme tanta importancia como él.

—¿Por qué motivo no se dio usted importancia?

—Porque yo soy un aldeanín de Villa de Sub y nada más. Xuanón era aficionado a codearse con gente de alcurnia, como Prim o Camposagrado, y le gustaba que le hicieran fotografías y salir en los «papeles». Y luego iba a Madrid vestido como un aldeano para que los señoritos se rieran de él y de lo que decía, y como era muy fuerte hacía grandonadas para entretenerlos, hasta que cierto día, tirando la barra, se hernió.

—No parece que le haya tenido demasiada simpatía a Xuanón de Cabañaquinta.

—Tuve poco trato con él. Yo apenas salí de Teverga. En cambio, a él le gustaba andar pendoneando por ahí.

—Y usted ¿se resigna a dejar su marca en los noventa y nueve osos?

—¡Qué remedio! Yo salí a cazar osos hasta bien cumplidos los 70 años, pero al llegar a esa edad mis hijos me lo impidieron, porque tenían miedo de que me pasara algo. Pero ¡qué me iba a pasar, con lo bien que conozco yo la montaña y el oso! En realidad, es mala suerte no haber llegado a matar los cien osos. ¡Sólo por uno! Pero, bueno, así no me llaman «Cienosos», lo que también es un consuelo.

—¿Cómo mataba a los osos?

—Con la escopeta, y a veces con cuchillo.

—¿Cuando le fallaba la escopeta?

—No, qué va. Si un cazador sale a cazar osos contando con que le falla la escopeta, está perdido. Pero también hoy modo de matar osos a cuchillo.

—¿Cómo?

—Acercándose, como los toreros valientes. Yo me solía cubrir con sacos y trapos viejos, y aguardaba al oso, a que atacase. Como el oso no dobla los brazuelos, me metía entre ellos sabiendo que no podía abrazarme y estrujarme las costillas, y entonces le acuchillaba a placer.

—Una pregunta: ¿es usted aficionado a los toros?

—¿Yo? ¡Qué va! Nunca vi una corrida. Pero cierta vez le oí decir al marqués de Camposagrado que hay un terreno del toro y un terreno del torero, y que siempre que el torero no se meta en el terreno del toro está seguro. Pues bien, cuanto más se acerque uno al oso, más seguro está. Eso lo aprendí de Toribión de Llanos, que mató muchos osos a cuchillo para ahorrar balas.

—Sin embargo, habrá corrido peligros.

—Sí, claro, pero el mayor lo corrí cazando con escopeta, hace más de cuarenta años, en los montes de Valmayor. Creo que fue hacia 1880. Andaba yo por aquellos montes, como digo, cuando descubrí un osezno. Creyendo que estaba solo, le sacudí un golpe con la culata de la escopeta, dejándolo tendido, y entonces, sin esperarla, la gran madre se me echó encima y me atacó desde tan cerca que no me dio tiempo a apuntar. Pero pude meterle el caño de la escopeta en la boca y disparé, y su cabeza salió volando y se desparramó por todo el bosque.

—¿Éste fue el percance más grave que tuvo?

—No. El más grave fue un zarpazo que me dejó tan para el arrastre que tardé ocho meses en recuperarme. De ese tiempo, dos o tres meses sin poder abandonar la cama.

—Aunque usted le reprocha a Cabañaquinta su trato con gentes de tronío, usted también tuvo buenas relaciones, según esa fama.

—Sí, señor. Cuando se quiso ofrecer un oso cazado en el día a la reina Isabel, el marqués de Camposagrado preparó una cacería en la que habían de participar los duques de Riansares y Tarancón y el diputado don José García Miranda, y para ella habían contratado a más de cien ojeadores. Camposagrado había decidido salir a cazar al alba, pero yo le dije: «No se apure, habrá osos cazados; con que a las doce estén preparados, sobra».

—¿Y sobró?

—¡Claro que sí! A las dos horas, ya había matado yo un oso. Y cuando a las cuatro de la tarde se presentó la reina en casa del cura de Caranga, ya tenía el oso muerto a la puerta. Doce reales me dieron por aquella cacería.

—¿Se los dio la reina?

—No, qué va. Fíjese usted qué cabrones, no me llevaron a ver a la reina. Yo les hubiera perdonado los doce reales, que para mí eran un capital, por ver a la reina; pero no me llevaron.

—Pero supongo que guardará aquellas monedas como recuerdo.

—No. Las gasté. Aquel oso lo maté cerca del pueblo de La Focella, que es buen lugar para osos. Allí hubo un oso que hacía estragos en el ganado, a quien herí de un tiro, y luego tuve que enfrentarme con él a navajazos. En la pelea, rodamos los dos monte abajo, pero yo no tuve ni un rasguño. Cosas de la suerte. Unas veces no te pasa nada, y otras recibes un zarpazo.

La Nueva España · 15 de febrero de 2006