Ignacio Gracia NoriegaIgnacio Gracia Noriega


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Juan Velarde Fuentes

La pérdida de un activo nacional

Un literato y pensador insigne que no acaba de ser reconocido en el ámbito cultural hispano

Más de una vez, para gloria de un investigador, pasamos a conocer la existencia de un genio que estaba olvidado, ya en la literatura, ya en el pensamiento. El caso de Stendhal. existe. Y en Asturias e, seguro que, en algún momento, y también a escala nacional, se hablará en el futuro de Ignacio Gracia Noriega como un literato y pensador insigne, que no acababa nunca de ser conocido en el ámbito cultural hispano. Y digo esto porque Ignacio Gracia, en primer lugar, escribía muy bien. Como sucedía con los grandes del 98 por ejemplo, desde el ensayo a la novela, desde la conferencia -!qué espléndida nos dio este agosto en La Granda sobre Shakespeare!- al artículo periodístico que motivaba que hubiese que guardas en cuanto se leía, un ejemplar y otro de La Nueva España que era su albergue. Además, todo alcanzaba un nivel extraordinario.

Y ello era posible, a mi juicio, por tres motivos En primer lugar, por su excelente formación universitaria. Cuando en el futuro se haga una historia de las influencias de la Universidad de Oviedo, al lado, por ejemplo, de un Clarín, se tendrá que hablar de Ignacio Gracia. Y en el diálogo sobre ello, siempre recordaré lo que me relataba por ejemplo, de lo que sucedía en torno a la enseñanza no sólo de Gustavo Bueno, sino de Prieto Bances, aunque fuese éste de otra Facultad, o de lo que significaban los Juan Vázquez en la economía, y toda la escuela que debatía problemas del idioma.

En segundo lugar, por su capacidad gigantesca de lectura. En mis conversaciones con Ignacio Gracia me asombraba cómo saltaba, en el detalle exacto, de Dostoyevsky a Cela, de Cicerón a Baroja, de Quevedo a Dickens, así como datos de historiadores, de músicos, de poetas hispanoamericanos o hindúes. Su biblioteca, a cuidado de su amada Covi, acabará siendo una referencia de cómo tras Ignacio Gracia se encontraba un cultísimo lector. Y el tercero y fundamental es que no era un sectario. Estaba abierto e interesado por todo lo que no fuera estúpido. Los movimientos políticos culturales que difundían los imbéciles, eran liquidados por él con una frase, con un gesto, y quedaban para siempre muertos. Pero ante el reto, era abierto, respetuoso y crítico frente al que se lo plantease, exactamente como hay que ser. Me citó una vez un lema que le había impresionado del Leviatán de Hobbes: "El mal gobierno y la tiranía no son causas que justifiquen el regicidio, ni existe el derecho de rebelión ante un Soberano que haya tomado el poder por la fuerza, el peor de los males de una sociedad humana es la anarquía o la guerra civil" Pero, añadía, a ese mal gobierno hay que desplazarlo sabiendo manejar, por un lado, la razón, pero sobre todo, la ironía. Y, concluía, "eso es lo que yo he hecho, con el de España. con el de Asturias, y, por supuesto, con el de Llanes". Y así es como consiguió rectificaciones y adhesiones que supongo que ahora, se multiplicarán.

Esto que hoy escribo es un simple preludio del forzoso homenaje que, Dios mediante, el año próximo se le tributará en los Cursos de La Granda a Ignacio Gracia. En sus XXXVIII ediciones estuvo en ellos, como ponente, como pieza fundamental en los debates -lo recuerdo ironizando tratamientos médicos con Grande Covián- y aconsejando, siempre muy bien, a quienes hemos tenido la responsabilidad de dirigirlos.

Y debajo de todo estaba en Ignacio Gracia Noriega un lema impagable, que se encuentra en el Prólogo de Fausto de Goethe: "Evitemos la multitud turbulenta que a pesar nuestro nos empuja hacia el abismo". Él, con su vida y su obra, se ha ido hacia la cumbre.

La Nueva España · 8 septiembre 2016